Artículo publicado en el Diario de Cádiz el Domingo de Ramos de 2011.
Hoy la Isla vuelve a abrirle las puertas a una nueva Semana Santa. Hoy es Domingo de Ramos y se nota en el ambiente que bulle por las calles. Desde temprano, serán centenares aquellos que se acercarán a las tradicionales misas de palmas que en todas las parroquias se celebran como preámbulo de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.
La mañana se hará corta, la visita a los templos de las tres hermandades que procesionan esta tarde es obligada. Comenzaremos con la capilla de la Estrella del colegio de La Salle. Allí, con un pequeño espacio entre cada uno de los pasos podremos embriagarnos de la alegría con la que sus hermanos preparan los últimos detalles. Es recuerdo a patio de colegio que pronto se inundará de pequeños hebreos que son la regeneración y la continuidad de nuestra más arraigada tradición.
Andando por la calle Real llegaremos hasta el primer templo de la ciudad. En este, junto al resto de las otras hermandades que allí radican, el característico paso de Jesús atado y flagelado a la Columna. Una visión que nos retoma a décadas pasadas, parece como si nada hubiera cambiado, su madera conjugada con las plisadas caídas nos hacen retraernos a una Semana Santa casi en blanco y negro, la que recordamos de nuestra infancia ante el imponente paso de esta cofradía.
Para terminar, antes de poder volver a mirar el reloj y ver la premura con la que llega el tiempo de lo auténtico, pasear por uno de los barrios más característicos de nuestra ciudad. El barrio de la Ardila, que vive hoy su jornada más jubilosa de las que transcurren durante todo el año. Un barrio volcado en una cofradía, y una cofradía que se vuelca con su barrio. El Cristo de la Humildad y Paciencia espera, paciente, el reencuentro con ese barrio que lo acompañará hasta las mismas entrañas de la ciudad, para luego, volver con él de nuevo cuando caiga la noche.
Pero, cuando hemos vuelto a casa o con algunos amigos compartimos una comida en el centro de la ciudad, a la mente vienen las imágenes de todo el tiempo pasado. La Cuaresma, esta última Cuaresma que llegó tan tarde pero que el cofrade vive desde que el paso de la Patrona, aquel 12 de Octubre, volvió a entrar en el Carmen diciendo que ya estábamos saboreando el comienzo de las vísperas.
Es en esa Cuaresma que dura mucho más de cuarenta días en la que los cofrades de San Fernando han ido preparando todo para que el día de hoy sea como lo sueñan, como quieren vivirlo, dejando lo mejor de cada cual. Una larga Cuaresma que deja atrás la pérdida de numerosos cofrades, ellos, también los recordaremos hoy y serán partícipes en nuestro itinerario de la memoria.
Es día de reencuentros también con aquellos que desde los puntos más variopintos de la geografía vuelven estos días a nuestra ciudad a encontrarse con su Semana Santa, la de sus familias, la de aquella estampa que guardan allá donde estén y que les recuerda que ellos también son partícipes de lo que comenzamos hoy. Como partícipes son aquellos que nos visitan desde las localidades vecinas predispuestos a saborear hasta el último detalle con nuestra forma peculiar y única de vivir la Semana Santa.
Con el estómago y las emociones a punto, mirada a un cielo que se viste con un azul distinto como queriendo mimetizarse con ese azul hebreo o con el azul con el que se tiñen los pasos de palio de esta tarde. Ya no queda tiempo de mirar más, salvo al reloj, que acelerado nos apunta que dentro de pocos minutos la Isla volverá a renacer en una nueva Semana Santa.
El camino desde cualquier punto de nuestra ciudad hasta las cercanías de la confluencia de la calle Real con Tomás del Valle es motivo siempre de alegría. Los primeros hebreos, los primeros capirotes, el sonido de las bandas haciendo el pasacalle, es sin duda el momento en el que saboreamos la llegada de lo inminente, ya nada puede hacer variar lo que tanto tiempo hemos soñado.
El trasiego por las aulas del colegio de La Salle es un ir y venir de hermanos, de nervios, de tensa espera. Todo está listo y con un silencio casi propio de la tarde del Viernes Santo se reza una oración junto al pregonero que clava su mirada en Cristo Rey.
La cruz de guía se apuesta delante de la rampa y el jefe de procesión ordena que ya es el momento. Se abren las puertas de la capilla y una ovación recorre toda la calle, por delante, siete días para vivir intensamente la Semana Santa de San Fernando. Por delante toda una vida entera resumida en una semana.
Hoy, como escuché alguna vez, cuando se abra de nuevo esa puerta a la Semana Santa y asome el primer hebreo lasaliano, dejaremos de soñar lo vivido para volver a vivir lo soñado.
lunes, 19 de septiembre de 2011
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