viernes, 3 de abril de 2009

Domingo de vida


Aunque pueda parecer un clasicismo, el primero de los artículos de esta Semana Santa tenía -porque esta es el puro clasicismo y encuentra en el barroco su máxima explosión de sentimientos- que escribir sobre la primera de las salidas que entre tantas otras nos llevará hasta el final de lo que hemos estado esperando más de un año.

Yo desde hace años acostumbro a comenzar mi Semana Santa en el mismo lugar que comencé mi transitar en la vida de estudiante, y no es otro que el colegio de La Salle, patio grande, clases cerradas y una mezcla entre el olor del primer incienso y las últimas tizas que se postran sobre el pequeño cajillo bajo la pizarra y que apuntaron un lema que por esperado, siempre nos conmovía: “Semana Santa”. Y es que el Viernes de Dolores algún maestro, de aquellos que aprendieron su labor docente al amparo del legado que nos dejó en la historia San Juan Bautista de La Salle, supo dar como culmen las dos palabras más hermosas de esta primavera que aún estrena vestido de los primeros amaneceres soleados.

Y como clasicista es este artículo no podría faltar la clásica pero a la vez conmovedora pregunta que siempre nos hacemos ¿Dónde veremos al primero de los penitentes de azul capirote o aquel primer hebreo de la mano de su madre que lucha por sostener una rama de olivos en sus pequeños brazos? Yo, a los primeros de estos los suelo ver en la calle Cecilio Pujazón, o en la confluencia con Real cuando ya me acerco a la puerta grande de la capilla. Pero se agolpan en cientos de ellos cuando llego a aquel callejón –de Marqués de Ureña para el que no lo sepa- donde sus vecinos fueron los abonados de lujo que vieron por primera vez la salida de la Virgen de la Estrella.

Antes de entrar por la puerta que da acceso al colegio desde este callejón frente por frente al mismo, puedo ver un pequeño local que hace ya muchos años era surtidor de bocadillos de tortilla de patatas (para los más osados con alioli) cuando el reloj aún no marcaba las ocho y media de la mañana y éramos unos pequeños colegiales que soñaban aún con pasos, cirios y tambores.

Algunos con los que compartí tantos momentos bajo aquellos muros se encuentran en la primera de las estancias con la que me doy de bruces, el patio. Allí, formando una piña, posan para una fotografía que guarde, por los siglos de los siglos, que fueron parte de la cuadrilla de hermanos de esta lasaliana hermandad. Especial dedicación en estas líneas a un compañero que siempre me alegro de forma especial de encontrármelo en estos intensos momentos, a Carlitos Bellido, como cada año, le deseo todo lo mejor bajo ese azul palio que es el cielo mismo que cubría cada mañana de recreo y tardes de balón y carreras en la plaza de San José.

Subiendo las escaleras me vuelvo a dar cuenta que el colegio, con todos sus cambios, sigue teniendo la misma esencia que el último día que lo pisé o el primero de ellos que desde el colegio “de abajo” de la calle San Cristóbal ascendí a este de la mano de otro maestro de los que marcan época en la vida de cualquier alumno, Antonio de la Cruz. Llegando a la capilla me encuentro a otros compañeros, estos implicados con la hermandad han llegado a formar parte de su Junta de Gobierno, son los momentos que te hacen pensar lo mucho pasado y lo que aún queda por llegar.

Pero, este artículo por clasicista y rancio, no quiere quedarse en la mera contemplación de todos los elementos que para el que escribe son como cada año un cúmulo inmenso de sentimientos y añoranzas. Al llegar a la capilla, contemplo la primera de las secciones, hebreos de madre y olivo, se intuyen las primeras palmas. Y es aquí donde quiere el artículo detenerse y hacer el ¡quieto! a la razón y la cordura. Cuando hoy, al contemplar esta estampa de vida, de ilusión, de tradiciones que se postergan por los años es cuando menos comprendo la ley que con calzador nos quieren colar sobre, como dijo el Maestro –en mayúsculas siempre-, esa forma tirana e injusta de muerte con trituradora a la que ahora llaman aborto.

El corto paño azul y blanco cubre sus pequeñas cabezas y los escuetos hábitos se entallan al infantil cuerpo que en muchos casos aún no ha comenzado a articular palabras, pequeños balbuceos de un jovencísimo cofrade que sostenido por su padre recibe la primera de las lecciones que nunca se olvidan.

- Esta es la Virgen de la Estrella. Hijo ¿Cómo se le dice a la Virgen?

Y un “guapa” rotundo se escapa de entre los tiernos labios del pequeño hebreo que conmueve a cualquiera de los que pueden escuchar y contemplar la escena. Es la vida en su comienzo, es la ilusión por un futuro, son nuestros sueños primeros y son, porque así lo quiso Dios, nuestro relevo en este finito mundo.

Quien no tenga clara su visión sobre el tema, cuando sus dudas espirituales o carnales le lleven a no saber elegir entre que postura optar, les invito a que un Domingo de Ramos se acerquen a ver el paso de esta hermandad y si les es posible, antes de su salida en el interior del colegio, donde la infancia vive no solo el Domingo de Ramos sino todos los días del año.

Aunque solo sea una reflexión de un pobre cofrade, hoy para mí no será el Domingo de la Borriquita en Siete Revueltas, ni el de Columna en su portentoso paso por la calle Ancha, ni de Humildad y Paciencia pasando por los rincones de su barrio atestados de público. Hoy para el que escribe, es el Domingo de la VIDA en mayúsculas. Hoy Domingo de Ramos, comienza la vida, y de paso, damos comienzo a la Semana Santa.

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