Son las tres de la mañana. El primero de los días se ha esfumado, y ya esto empieza a terminarse como dijo el pregonero. Ya el traje toma esencias del incienso de la tarde, y junto a este, reposa una túnica blanca de botonadura roja que es la misma con la que quiero hacer mi postrera estación de penitencia, aquella para la que nunca sacaremos papeleta de sitio puesto que como recompensa a toda una vida nos la da el mismísimo Diputado Mayor de Gobierno de la vida.
La jornada ha sido próspera y fulminante. Un Domingo de Ramos, sea donde sea, debe ser así, al menos yo así lo imagino. No podría figurarme que esta jornada pasara por mi vida de puntillas, es una tarde-noche que marca porque así nos marca la Semana Santa (¡Y un mojón como los que deja la caballería que abre paso al cortejo de la hermandad de la Paz en Sevilla para los que ahora quieran cambiarle el nombre!) desde que tenemos uso de razón.
Una vez terminado de ver el último de los pasos, a mí, me gusta retomar mis pasos hacia la Pastora. Sabría llegar con los ojos cerrados y hasta por el camino más corto ya que en las tardes de postulación, limpieza o montaje contaba junto a mi amigo Jero los pasos que nos distaban de tan ansiado objetivo.
Allí como ya conté en el pregón de la Juventud hace dos años, se ultiman los preparativos de la salida procesional. Olor a flores y cera que a mí me huelen a la gloria misma. ¿Qué como huele la gloria? Pues pásense alguna noche de víspera de salida de cofradía por la Iglesia de la Pastora y lo encontrarán. No solo el olor sino el culmen a todos sus sentidos.
Última oración en silencio con la mirada clavada en las manos de quien aún atadas sigue teniendo fuerza para cada año y por siempre salvarnos del pecado. O de quien llorando sus penas sin lágrimas –dulzura y encanto- en el más absoluto de los silencios recibe una flor como muestra de la pasión de Su Hijo. Ya es tarde, todo está por terminar aquí.
Vuelta a casa por una ciudad que queda abandonada. Calles que hace unas horas agolpaban al mayor número de isleños y no isleños que se acercaron a ver las tres primeras cofradías, calles que ahora solo reciben las pisadas del servicio que limpia nuestras calles para dejarnos otra jornada de esplendor.
Antes de quitar mis ojos de este aparato, cuento todos y cada uno de los elementos de mi hábito procesional, intento marcarme un planning de las cosas que quiero hacer por la mañana, algo que todos los años memorizo y que ninguno cumplo pues esta jornada es especial y cada año me espera con renovadas ilusiones y sorpresas. Sé que no voy a poder dormir, se que los nervios se me agolparán a cada momento cuando decida irme de aquí, pues yo como la misma noche de Reyes sigo poniéndome nervioso y no puedo dormir.
Aún así, aquí me despido, poco mas tengo hoy que escribir puesto que poco más necesito en mi vida, pues ya es Lunes Santo y yo… ¡Estoy en la gloria!

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